En la mitad del camino “coronavirus”

– mayo del 2020 –

Anunciada muchas veces la necesidad de cambio, fue en un amanecer y de manera precipitada que pasamos a una nueva etapa de vida en la historia de la humanidad. Todo en el mundo del hacer humano se lentificó rápidamente tras la necesidad del encierro voluntario u obligado a causa del llamado coronavirus a nivel mundial, sin gran diferencia en fechas y tiempo.

La novedad del encierro, el temor ante lo desconocido, la imposición sanitaria mundial, la saturación de información a través de los medios han sido tema cotidiano, teniéndonos atrapados frente al mundo aunque estuviésemos en él bien, medianamente bien o de mala forma, pero estábamos viviendo “dentro de él” de alguna manera. Ahora muchos, sin poder decir que la mayoría, lo estamos afrontando y viviendo a la distancia, modificándose nuestras costumbres y hacer habitual en las grandes ciudades.

Llevamos más de seis semanas confinados, en tanto el planeta azul ha seguido en su propio viaje sideral. No le hacemos falta para sobrevivir. Es más, no nos necesita en las calles. Mientras que dentro de cada casa o vivienda o lugar de confinamiento, aún en la calle, estamos en una lucha individual y compartida por la sobrevivencia que en el día a día se ha ido estresando como consecuencia del cambio abrupto que ha roto rutinas y creencias, valores y esquemas sociales, ciertos o no, para la convivencia. Las limitaciones para salir, por el “mejor quédate en casa” y la “Susana distancia” han puesto un freno para estar frente al otro quien quiera que pudiese ser. Esto es: Los pies se nos dieron para poder desplazarnos así como las alas a las aves para volar e ir de un sitio a otro. No se nace para estar encerrado, confinado o amenazado por la sombra de la muerte colectiva.

La necesidad de estar ante el otro no es un mero capricho social, sus raíces están en la misma estructura de nuestro organismo. Necesitamos ver al otro. Necesitamos oler al otro. Necesitamos olfatear a la naturaleza. Necesitamos sentir los rayos del sol, la caricia del viento y la lluvia en nuestro rostro. Algunos por convicción, otros por miedo u obediencia social han permanecido en casa no sin sus consecuencias derivadas. Muchos otros, no se han dejado intimidar por los anuncios sanitarios debido a la necesidad de conseguir el sustento, y han retado a la misma amenaza del virus que nos rodea, envuelve y escuchamos nos mata si se llega a estacionar en uno.

Estar en la calle supone mayor riesgo que no estarlo, sin embargo, al salir a la calle, se tiene que adoptar la postura, falsa o no, de que todo se podrá asumir y vivir con mayor soltura, al estar en espacios abiertos, al ver al otro y no pasar desapercibido ante su mirada. Quizá sin aproximación de rose, evocando a “Susana distancia”.  Estar en casa, tiene las mismas implicaciones emocionales a resolver que desde el confinamiento en la calle. Con ello quiero decir que los que han podido quedarse en casa, como quienes no lo han podido hacer, estamos ante la misma circunstancia de pandemia, pero vivida de muy diferentes maneras. Con muy diferentes soluciones y preocupaciones. Pero lo cierto, es que a todos nos afecta la misma situación actual de coronavirus.

En la calle el miedo a ser contagiado. En la casa, el miedo al contagio. Los cuidados salubres al alcance, en la calle o en la casa, han de ser cuidadosos pues no se sabe, en un chico rato, dónde se esconde el virus que puede atraparnos en cualquier momento.

Ciertamente donde quiera que estemos la reacción humana está presente, se hace presente de alguna manera. Sea evadiendo. Enfrentando. Protegiéndose. Exponiéndose voluntaria o inconscientemente.

¿Qué está sucediendo ante el confinamiento en la calle o en la vivienda?

Muchas cosas. Unas que se dicen y comparten. Otras que se sienten y no encuentran la palabra que las describa. Las personas se están cansando ante el encierro por diversas razones. Enumeraré algunas de las que considero se están dando y son, en verdad, importantes a considerar:

El espacio habitacional, estando solo o compartiendo el mismo lugar; La necesidad de hacer algo para ser y sentirse productivo aunque sea diferente al trabajo o actividad rutinaria. (Lecturas, trabajitos, capacitación vía internet, educación a distancia, ejercicio físico, cocinar, música, mantener ordenado el espacio de convivencia, juntas laborales, tv, etc.); El bombardeo excesivo de información muy diversa; Una hiperactividad mayor a cuando se estaba en el exterior mediante el trabajo desde casa; El exceso del celular en llamadas o mensajes; Las video conferencias en las distintas plataformas. Todo para llenar un tiempo que antes se gastaba o consumía en la calle.

Mucho se está comenzando a resquebrajar en el mundo afectivo, emocional, mental, físico, económico, psicológico de las personas. Hay hartazgo. Mucha gente está abandonando mentalmente el encierro evadiendo la realidad. Otros, físicamente han comenzado a salir a la calle tras perder autodisciplina o guiados por una falsa esperanza de bienestar, pues en realidad no sabemos cómo estarán las cosas al salir libremente a la calle. No sabemos, aunque lo asumamos de alguna manera, con qué realmente tendremos que vérnosla.

El organismo humano se siente desplazado, porque ahora el de muchas otras especies es libre y se hace presente en las calles que antes pisábamos masivamente. Ahora las calles, parques, ríos, mares, montañas son de ellas, mientras el organismo humano confinado está lidiando con su propia naturaleza. Quiere vida, pero también siente la sombra de la muerte indistintamente de la edad. La saturación de clases o capacitaciones por internet nos han llevado a nuevos escenarios sobrepasándonos; Se ha hecho presente el aburrimiento aún haciendo cosas; El cuerpo está atrapado dentro de sí mismo. El encierro se siente como imposición y obligación; Las noticias no quieren ser escuchadas, cuales quiera que sean, porque son repetitivas y contradictorias; No hay creencia cierta; La ansiedad ha comenzado a cobrar sus víctimas con la depresión, irritabilidad, claustrofobia, ataques de pánico, al comenzar a saberse de fallecimientos cercanos, el abandono físico y emocional, las cifras de separaciones y divorcios que van en aumento dada la baja tolerancia y frustración tras el amplio tiempo cercano al otro al romperse el espacio para la individualidad, al igual que la sobre interpretación de hechos.

La soledad no se vive como en un inicio, pero sigue siendo soledad. Sin embargo, ahora se ha agigantado con temores e inquietudes nuevas. Hay cambio de valores con enfoques diferentes. Las comunicaciones personales se han saturado al no haber más temas para el intercambio, a la vez de un exceso de comunicación para romper silencios y querer resolver diferencias del mundo afectivo. El deseo de ayuda, en muchos casos, se ha vuelto protagónico o puede llevar al protagonismo. La relación matrimonial está viviendo y experimentando cambios estructurales, que están modificando el entender la forma de convivencia familiar. La violencia psicológica, física, económica, tras el encierro, ha hecho su aparición considerablemente. La distancia impuesta para la manifestación del afecto está impactando las formas de aproximación. Las relaciones humanas de hecho se están modificando. Se está haciendo presente, en las personas, el constante y reiterativo cuestionamiento sobre la reintegración social bajo el binomio deseo-miedo. El vínculo con los hijos y la procreación está en un momento de transformación. Otro factor es el cómo está enfrentando cada quien la posibilidad de muerte como algo claramente anunciado.

Hay frustración ante el paro brutal que tuvo la dinámica en que se estaba, aunque para algunos quizá ha resultado beneficioso el salirse de la interacción social agotadora de las negociaciones y los acuerdos forzados. Hay nerviosismo. Tristeza como sentido de pérdida amplio (amistades, grupos sociales, asociaciones, equipos de trabajo, compañeros de escuela a distintos niveles, amoríos interrumpidos, etc.) Hay enojo ante un destino impuesto que no ha podido ser controlado por los gobiernos. Al agotamiento emocional se le ha sumado el insomnio por el temor al contagio o el ir a ser contagiado. Prejuicios sociales como la estúpida agresión a servidores de la salud quienes nos cuidan ahora, es como un intento suicida oculto ante la sensación de posible desamparo. La preocupación de la mayoría por falta de insumos (comida, medicamentos, agua, luz, higiene.) La inseguridad social existente y la que se avecina de inmediato, dadas las circunstancias, son temas que preocupan para cuando se reabra la vida pública, al igual  que las finanzas personales, familiares y públicas de algunas entidades y países que se mira están tambaleándose.

Se requerirá de tiempo para restablecer el equilibrio emocional, físico, mental, psicológico, económico. Tiempo para reconstruir como quieran que vayan a ser las redes sociales en cada entidad grande o pequeña. Nacional o internacional.

El mundo ya cambió. Muchas de las referencias en que se apoyaba no están o están muy dañadas y demeritadas. Hay esperanza, pero también necesidades a cubrir de inmediato, al mediano y largo plazo.

¿Será la era de la Tecnología mediante la Inteligencia Artificial la que nos va a guiar y decir por dónde habrá que caminar?

Estamos ante muchas situaciones generales a renovar y reinventar, pero muchas más a rectificar de modo particular. Ya no somos los mismos. Ahora tuvimos que encontrarnos desnudos con nuestras sensaciones, emociones y sentimientos más originales, donde el tiempo hay que valorarlo como posibilidad de vida, no como tiempo calendario. Muchas ideas están circulando en estos momentos en el ambiente. Muchos son los profetas que quieren ser escuchados. Muchas mentes y corazones pensando e ideando el mundo que nos tiene que contener y abrazar para lograr sobrevivir como especie.

¿Tú que nombre le darías a esta etapa de la humanidad en que estamos transitando?