El apocalíptico coronavirus hizo que…

Julio del 2020

 

Ante la noticia, “todo el mundo volteó la mirada al cielo y cayó, sin más, de rodillas sorprendido, asustado y temeroso de que algo así realmente estuviese sucediendo”.

Incredulidad y resignación inmediata. Sobre todo, miedo desde el principio del anuncio fue y es lo que ha continuado presente en el estado de ánimo de las personas. La expectativa, desde aquel inicio, sigue siendo incierta, pues se mantiene el encierro ante no sólo el deseo de avanzar en lo cotidiano conocido de la vida que ahora reúne, de alguna manera, la certeza sentida de que las cosas han cambiado y se modificarán sin saber cómo o hacia dónde.

El conjunto de enclaustrados que espera pronto estar en la calle no sin dejar de sentirse amenazados y vulnerables frente a quienes han permanecido todo el tiempo en la calle. Tampoco el conjunto integrado por quienes han subsistido en la calle deja de sentirse amenazado por el regreso de quienes al salir, les vaya a reducir ese espacio del que se han hecho dueños por la circunstancia. Necesariamente existirán entre los grupos, mientras se den los nuevos acomodos, roces y miradas temerosas. Ambos saben que la amenaza de contagio sigue vigente y sin fecha real de caducidad.

Unos y otros grupos, además del de los híbridos, reciben las informaciones diversas sin explicación, porque no es posible, de cómo y cuándo se volverá a estar en una normalidad, no referida a la anterior como regreso a lo conocido de ella, sino como a una e inevitable nueva manera de llevarse a cabo la vida en lo particular y lo colectivo.

Muchas cosas están variando, van a modificarse y cambiar porque el ánimo de todos se ha modificado y cambiado de alguna manera. La emoción y sentimientos son otros. Por tanto, las conductas a manifestarse también serán otras y diversas comenzando por las de cercanía, tras el uso obligado de tapabocas y mascarilla.

Se verán nuevas y plurales alianzas implícitas en la calle. La distancia física protegerá a algunos, mientras que hará más vulnerables a otros ante embestidas violentas. Se está queriendo aprender a no empujarse y guardar distancia ante la creencia cierta de que así se cuidará la salud entre todos, se avanzará más rápido y en orden.

Todos quieren estar en la calle. Aún, quienes por diversas causas están limitados para realizarlo. Pese a eso, desde su trinchera defienden el derecho a poder hacerlo, tras la sensación de pérdida de libertad durante el tiempo de diez semanas de confinamiento.

Una manera de preparar la salida a la calle con buena condición anímica, habrá de ser con la mentalidad y actitud de: “hemos de sanitinizar y NO satanizar”.

Recordemos que de un dedazo quedó todo borrado y tachonado. La economía mundial se detuvo en seco como si fuera portadora del mejor sistema de frenado. Fábricas. Bolsas de valores. Restaurantes. Templos. Transporte. Cines. Mercados de abasto. Vendimias de calle. Todo. Absolutamente todo se detuvo mientras se instrumentaban las primeras acciones ante el hecho. Principalmente, las de cuidado sanitario adaptando los hospitales, habilitando y reconstruyendo otros y, hasta construyendo unos nuevos, por la sabida demanda de camas que se vendría. Se adaptaron distintas edificaciones como centros de acopio para recibir a los contagiados y posibles portadores del virus.

Las estrategias estaban y han estado más a favor de identificar a enfermos y portadores, aunque toda la población se ha convertido en mercado cautivo para el virus. Hay pocos quienes han sanado e inmunizado. Hay muchos portadores no reconocidos. Las muertes han quedado en estadísticas simplemente. Pero todos los vivientes y sobrevivientes continúan de rodillas implorando clemencia ante un posible contagio o un nuevo brote sorpresivo. Lo que sí se sabe, aunque no al detalle o se quiera enterar de ello, es que hay muchas muertes diarias por diferentes y diversas razones.

Mientras esto se ha dado y sigue sucediéndose, estando en casa o en la calle, las personas se han replegado sobre sí mismas pretendiendo, a manera de ensayo personal, habituarse a la nueva pero al fin y al cabo desconocida y no experimentada situación.

Ha habido tiempo suficiente durante el encierro obligado para gestarse, aumentar y comenzar a manifestarse abiertamente algunas de las conductas acumuladas de deterioro debidas, en los cuerpos anquilosados o no, a la tensión, insatisfacción, ansiedad, pérdida de libre desplazamiento, miedo sostenido y acumulado, resistencia defensiva frente a lo desconocido. Resultado de la adaptación obligada ante la circunstancia pandémica. De cara frente a este escenario de hechos diversos viene a la mente la pregunta obligada: ¿Realmente en qué condición se encuentra cada persona en este momento para poder enfrentar y sumarse a la “nueva normalidad” desconocida?

Cuales quiera que sean las condiciones personales y grupales existentes, son las que estarán representando las bases donde se apoyarán o habrá que apoyarse para rescatar, renovar o crear las nuevas circunstancias con sus valores y nuevas formas de expresión.

Aunque se piense se saldrá siendo mejor persona después del encierro, en casa o en la calle, la realidad puede ser diferente. No que no exista la esperanza y deseo de querer ser mejores o poder modificar hábitos a favor de un bienestar mayor. Sin embargo, la realidad es que habrá que enfrentar y luchar contra las desviaciones producidas en algunas de las conductas y hábitos que se han distorsionando a lo largo y durante el encierro en los diferentes escenarios y posibilidades personales. Habrá que estar atentos a vigilar los instintos agresivos naturales de supervivencia que como especie se poseen.

Como valor fundamental, habrá de buscar el seguir superándonos. Esto es: ser mejor ante uno mismo, promover la convivencia social amable y respetuosa, sin olvidar que, en el fondo, no dejaremos de ser instintivamente depredadores. Se requerirá establecer fronteras claras en las relaciones personales y las conductas sociales esperadas para favorecer la convivencia pacífica en la medida de lo posible.

De qué van a ser los tacos que piensas comerte: ¿al pastor? ¿de canasta? ¿sudados? ¿a la plancha? Seguramente los que pidas exigirás haya pasado la carne y condimentos por temperaturas altas para mantener a raya al covid-19. ¿Ir a caminar por Avenida Madero rumbo al zócalo? Fácilmente se cederá el espacio y aire a cualquier osado transeunte. ¿Un café como solíamos hacerlo para ser empujado por los ansiosos? ¡Para nada! Muy probablemente se preferirá comprar café soluble aunque no sea del agrado, pero beberlo en casa para no usar el microondas de la oficina o los de sitios de reunión comunitaria. El placer de entrar a una sala de cine con el típico olor de las palomitas o de la cebolla del hotdog que se engullía quien estaba sentado en la fila anterior a la nuestra, será olvidado por buen tiempo, pues no vaya a ser que la salchicha de plástico esté contagiada y no sanitizada. Me refiero a que al evitar algunas situaciones y ser amigable uno consigo mismo se sentirá tranquilidad para aprender a estar en lo que pueda llegar a ser la nueva normalidad.

Habrá muchos espacios que se dejarán vacíos por un buen tiempo, aunque se tenga que olvidar el voltear “antojadizamente” a mirar a alguien, por estar limitada la proximidad, lo que hará disminuir la libido en muchas personas. Otras, seguramente harán caso omiso a la posibilidad del riesgo de contagio como ha sucedido con el VIH o una gripe, y seguirán jugándose el pellejo al lado del pellejo de otro. Las muestras de afecto al tener que ser a la distancia, han generado y generarán nuevas expresiones y formas de llevarse a cabo, pues no habrá, con nuestra idiosincrasia, resignación para tocar al otro únicamente con el codo o bailar haciendo trío con “sana distancia”.

En verdad no sabemos aún cuáles serán los comportamientos y adaptaciones ante lo nuevo tras salir por primera vez a la calle. Tendremos que ensayar ante lo nuevo y desconocido. Tendremos que arriesgar y no dejar de pensar que se triunfará a pesar de la pandemia y todo lo que ha venido a modificar, aunque no lo hayamos mirado aún. Se verán también cambios sociales significativos durante y en la transición de adaptación.

El coronavirus se ha comido la economía mundial y demandará cambios en los sistemas de producción. Desaparecerán, probablemente, muchos productos antes vistos como necesarios y comenzarán a consumirse los que garanticen salud y bienestar inmediato ante la incertidumbre futura. Surgirán, seguramente, nuevos modos de intercambio y maneras de ofrecer los servicios. Muchas empresas, de hecho, silenciosamente se han desbaratado. Otras se han ofertado ante postores visionarios.

Las tecnologías están y entrarán cada vez más en la vida diaria ocupando lugares y puestos de trabajo que antes hacían directamente las personas modificándose las leyes laborales y estilos de contratación. Esperemos venga un uso más racional de los teléfonos móviles y la computadora tras el uso excesivo actual. Ciertamente lo digital seguirá creciendo día a día e integrando la nueva cultura tecnológica, confiando no llegue a extinguirse la necesidad humana del contacto directo cara a cara, lo que traerá otros riesgos sanitarios y de relación.

Se ampliará la necesidad sentida de que ante el cambio exigido a descubrir, por la nueva normalidad a nivel mundial, se procuren acciones sociales más homogéneas e igualitarias que integren y frenen la brecha existente entre los favorecidos y los no favorecidos.

Creo que aún está la posibilidad, aprovechando el tiempo de confinamiento en casa o en la calle, de ser mejores y reordenar nuestra jerarquía de valores individuales y sociales para cuando llegue el momento de dejar de estar hincados por la amenaza del covid-19.

 

                                                                                                                                               Eduardo Herrasti A                                                                                                                                                              Psicólogo