Mi reflexión decembrina del 2020

Diciembre 2020

Primeramente. Agradecer a la vida el llegar a escribir estas líneas y compartirlas contigo.

He transitado por casi un año significativamente atípico en cuanto a la forma en que se había venido dando el hacer mundial.

Hemos tenido que ajustarnos a un nuevo orden lleno de incertidumbre, donde la excesiva y diversa información mediática ha llegado a ser más desinformadora que orientadora dividiendo la opinión pública al saturar el espacio noticioso con la nota del coronavirus, deseando no escuchar más al respecto, al tiempo de generar cierta apatía ante el cuidado social sanitario solicitado por diferentes grupos independientes e instancias gubernamentales a nivel global. Se está viviendo con temor. Hay ansiedad, tensión manifiesta, tristeza sostenida y preocupación constante, a lo que se le suma el escenario económico mundial.

Pretendo ser racional y objetivo respecto de este 2020 en mi vida, no pudiendo evitar comentar sobre el impacto de algunos hechos sobresalientes como el anuncio continuo estadístico de muertes producidas por el Covid-19: despidos laborales masivos; enclaustramiento conveniente obligado; aniquilamiento de muchas fuentes y lugares de trabajo; creciente desigualdad social; aumento en el costo económico de la vida; abuso de grupos con información privilegiada; aumento cuantitativo y exponencial de aparatos y tecnologías digitales interconectadas; expectativa escolar frustrada derivada del aprendizaje desde casa; desajustes en la convivencia familiar; muchos infantes castrados emocionalmente debido a la permanencia forzada frente a la computadora o el televisor; adolescentes tímidos por el impedimento a socializar de manera presencial en etapa importante del desarrollo; progenitores preocupados y angustiados debido a la dieta salarial; incertidumbre de conservar el puesto de trabajo desde el confinamiento; derrumbamiento de la supuesta seguridad otorgada anteriormente por la certeza de lo científico ante la sensación de vulnerabilidad experimenta; distintos grupos políticos dentro de su propio juego en lucha sin tregua a fin de mantener el poder u obtenerlo; malestar físico y desajustes mentales considerables a consecuencia de un anquilosamiento creciente; el deseo ansioso, cada vez más escuchado, de que todo esto que se está viviendo quede en el pasado tras lograr llegar a lo nuevo para hacerlo cotidiano, aunque no se haya vivido ni conocido hasta ahora.

Desde mi pensar, creer y entender, frente a el mundo que alcanzo a percibir en el horizonte, me encuentro con más preguntas que respuestas. Entiendo lo efímero de la vida y lo relativo del concepto de existencia.

Estoy convencido o quiero convencerme de que lo que estamos viviendo, como hecho y de hecho, ha puesto a prueba lo que repetidamente se exhibe sobre lo evolucionado que decimos estar como humanidad para querer convencernos y creer ser mejores como especie. Hay muchas teorías y argumentos para ello y, quizá, no tantos hechos que lo demuestren. Ciertamente se han dado cambios significativos en el estilo de vida económico de algunos países y regiones. Sin embargo, continuamos sometiéndonos unos a otros como lo ha sido en el tiempo en la historia de la humanidad. El concepto de justicia igualitaria como el de democracia sigue siendo propósito a lograr, al igual que el de equilibrio entre las naciones.

Comprendo que todo proceso requiere de tiempo para descubrir y establecer nuevas perspectivas con nuevos estilos de actuación. Hoy nos damos cuenta de que muchas cosas se han modificado y cambiado, natural o intencionalmente, tras la aparición del Covid-19. En mi mirada hacia el horizonte, esta es una de las grandes interrogantes que tengo. Se le echa la culpa de todo o en mucho al “coronavirus”.

Estamos en proceso de adaptación, aun resistiéndonos, a una nueva realidad desconocida en su final. Pensémoslo con el ejemplo visto y exigido del uso de tapabocas y mascarilla, el escaneo obligado del código QR con el celular a la entrada de cualquier lugar cerrado, la toma obligada de temperatura, el untarse las manos con gel antibacterial, la sanitización de espacios de uso comunitario, la presencia diversa de desinfectantes en sitios públicos, privados y en las mismas casas. A pesar de ello, la vida sigue su propio curso y hemos de darle paso para su continuidad dentro de las áreas en que se lleva a cabo para crecimiento y superación de la humanidad. No podemos renunciar al proceso de vida como especie, porque no somos eternos. Nos extinguiríamos.

Sin embargo, me parece es necesario, desde ahora, comenzar a redefinir algunas teorías de vida para ajustarlas al regreso y ordenamiento de lo que serán los nuevos hechos. Muchos conceptos pienso igualmente tendrán que ser reconsiderados. Sino en su nomenclatura, sí por su alcance y significado ante la urgente conveniencia de tener que buscar nuevos equilibrios que sospechamos se requerirán al estar y vernos empujados por el embate del invisible virus.

El uso y aplicación de la tecnología en las líneas de producción, junto con la inteligencia artificial y la robótica, tendrá que ser racional para conservar fuentes y puestos de trabajo y reducir, en lo posible, algunos conflictos sociales derivados.

Hemos de tener claros los derechos a ejercer para vivir lo individual y en lo comunitario, a fin de evitar caer en un círculo vicioso de nerviosismo y preocupación constante enfermiza, para no quedar atrapados en estados de ansiedad y depresión y comenzar a vivirlos como estilos de actuación adoptados en lo que sea la nueva realidad.

En este momento histórico en que se ha visto afectada la humanidad, me pregunto cómo y desde dónde puedo hablarme o hablar de esperanza y confianza. La esperanza no está en la credibilidad de una espera donde vendrán mejores tiempos, sino que ha de forjarla cada quien en su aquí y su ahora. Hoy, el futuro resulta incierto al no verse prometedor como antes, aunque fuese imaginaria la concepción que de esperanza se manejaba.

Estar vivos, a pesar de lo trunco de la esperanza amenazada en que nos encontramos, ha de ser homenaje a la existencia en el momento actual, aunque no se le vea o encuentre de inmediato salida clara. Considero será importante no querer ganarle tiempo al tiempo ignorando la pandemia como quiera que haya llegado hasta nosotros. Necesitamos esperar sin desesperar. La vacuna no es la solución última ante los hechos. El cuidado personal sí.

Ante lo referido en esta reflexión que comparto contigo, real o meramente imaginado por mí, y sin saber bien a bien cómo acomodarlo para continuar con mi vida, llego a la conclusión que he de encontrar mis propias asideras internas de donde agarrarme para buscar otorgarme confianza y seguridad y, olvidarme de las asideras externas adquisitivas antes creíbles y supuestamente indispensables para la obtención de seguridad.

Considero que si logro agarrarme de mí mismo, para sostenerme, tendré mayor posibilidad de sobrevivir ante la gran y sorpresiva sacudida que nos ha traído el tener que experimentar convivir con el coronavirus, y no sucumbir en el abandono de una suerte cualquiera. El camino, como lo veo, está en aceptar las circunstancias como están y son, me guste o no, sin querer condicionarlas, a fin de construirme y sostenerme en el equilibrio interno necesario para mi salud integral individual y de convivencia.

Cerremos el año en la mejor condición interna y externa posible para adentrarnos, desde su inicio, en el 2021 a sabiendas de que las circunstancias puedan sorprendernos con giros inesperados a los cuales habrá que estar abiertos a asimilar para superarlos como lo estamos y vamos aprendiendo a mejor hacerlo.

Eduardo Herrasti A